
Según se cuenta aquí, un conde de Dresde encargó a J.S. una pieza musical para curar el insomnio que consumía sus noches. Se sabe que por ella cobró 500 táleros en una copa de oro, el sueldo de todo un año en Santo Tomás. Bach dejó a su familia apenas cuatro duros y una elegante biblioteca, un par de instrumentos de cuerda y una música callada para la eternidad.
Casi un cuarto de milenio después de su muerte, hasta el árbol de Darío -aquél "dichoso" porque es "apenas sensitivo"- recuerda las interpretaciones de Glenn Gould.
Sólo un loco como Gould -en el mejor sentido de la palabra- puede dar sentido a esa sinrazón que es la cuarta dimensión en Bach: la melodía, la armonía, el tiempo y [lo divino]. La pieza se puede leer desde arriba, desde abajo, caminando sobre las corcheas, trotando sobre las semicorcheas o durmiendo en las blancas. No creo que el conde quisiera dormir en ellas y perderse la siguiente variación; más bien parece una versión bachiana de Las mil y una variaciones.






